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¿Tenés miedo de depender de la medicación para el TDAH? Lo que conviene diferenciar

«Yo soy antimedicación.»
«Prefiero evitar los psicofármacos.»
«No quiero depender de una pastilla.»
«Tengo miedo de volverme adicto.»
«Quiero resolver el problema de raíz, no taparlo.»

Estas frases aparecen con mucha frecuencia cuando una persona adulta comienza a evaluar la posibilidad de tener TDAH o considera iniciar un tratamiento farmacológico.

A primera vista parecen preguntas sobre medicamentos. Pero muchas veces expresan algo más amplio: miedo a los efectos adversos, experiencias previas, historias de otras personas, información encontrada en internet, estigma o la idea de que necesitar medicación significa no poder resolver el problema por uno mismo.

Por eso, antes de decidir si una medicación es adecuada o no, conviene separar dos cosas: los criterios clínicos y las creencias que tenemos sobre la medicación.

La pregunta no debería ser simplemente «¿medicación sí o no?».

La pregunta debería ser: para esta persona, con este diagnóstico, este nivel de impacto funcional, este contexto y estos objetivos, ¿qué intervención tiene una relación adecuada entre beneficios y costos?

«Soy antimedicación»: cuando la decisión empieza antes de la evaluación

Una paciente que estaba considerando realizar una evaluación por posible TDAH lo expresó de una manera muy clara:

«No soy tan fan de tomar medicinas ni vitaminas ni cosas de esas. No me agrada mucho. Siento que me hacen daño para otras cosas. Efectos secundarios, como que te alivian de una cosa y te enferman de otra.»

La preocupación es comprensible.

Los medicamentos pueden producir efectos adversos y sus prospectos contienen advertencias. El problema aparece cuando esa información se interpreta como si describiera exactamente lo que le ocurrirá a una persona determinada.

Un prospecto informa posibles efectos adversos. Pero no reemplaza una evaluación clínica ni permite estimar, por sí solo, el riesgo individual.

Por eso, frente a información sobre una medicación, hay algunas preguntas fundamentales:

¿Dónde lo leíste? ¿Quién lo dijo? ¿Esa persona tiene experiencia en el tema? ¿Está hablando de un efecto frecuente o infrecuente? ¿Leve o grave? ¿Reversible o persistente? ¿Está comparando ese riesgo con los posibles beneficios? ¿Y con el riesgo de no tratar el problema?

En medicina, una intervención no se analiza de manera aislada.

Que algo tenga posibles efectos adversos no significa automáticamente que deba evitarse.

La pregunta clínica es si, en esa persona y en ese momento, los beneficios esperables justifican los riesgos y costos de la intervención.

Esto tampoco significa que toda persona con TDAH deba recibir medicación ni que exista una solución farmacológica idéntica para todos.

Significa algo más acotado: «evitar medicación» no debería ser el criterio técnico de partida. Puede ser un miedo, una preferencia, una experiencia previa o una creencia que necesita ser explorada.

El problema no siempre es la medicación: a veces es lo que creemos sobre ella

Desde la psicoterapia vemos que el rechazo a la medicación rara vez surge de una única razón.

Puede aparecer el miedo a depender, a volverse adicto, a cambiar la personalidad, a sentirse «apagado», a sufrir consecuencias a largo plazo o a necesitar tomar algo todos los días.

También pueden aparecer otras ideas:

  • «Quiero poder solo.»
  • «Capaz es falta de voluntad.»
  • «No quiero sentir que estoy enfermo.»
  • «Conozco alguien que la pasó mal con medicación.»
  • «Quiero resolver el problema de raíz.»

Aunque muchas veces aparecen juntas, estas preocupaciones no significan lo mismo.

Tener miedo a una adicción no es lo mismo que no querer utilizar una medicación diariamente. Preocuparse por posibles efectos adversos tampoco es lo mismo que pensar que el tratamiento va a cambiar la personalidad.

Y querer «resolver el problema de raíz» introduce otra discusión: la falsa oposición entre tratamiento farmacológico y trabajo psicológico.

Medicación o psicoterapia: una falsa oposición

En el TDAH puede ser necesario trabajar sobre organización, hábitos, manejo del tiempo, regulación emocional, planificación, vínculos, estrategias y contexto.

Pero que esas intervenciones sean importantes no significa que la medicación sea innecesaria por definición.

La medicación y el trabajo psicoterapéutico no representan dos posiciones opuestas.

No es «pastilla o profundidad». No es «farmacología o trabajo personal».

Son diferentes herramientas que pueden formar parte de un tratamiento según las necesidades de cada paciente.

Por eso, decir «quiero resolver el problema de raíz y no taparlo con medicación» puede resultar intuitivamente atractivo, pero también puede partir de una idea equivocada: que necesariamente existe una única causa psicológica, biográfica o emocional que debe encontrarse y resolverse.

En un trastorno del neurodesarrollo, esa manera de plantear el problema puede confundir más de lo que ayuda.

Si querés profundizar en este punto, podés leer también nuestro artículo sobre medicación para adultos con TDAH.

Las creencias también afectan la adherencia al tratamiento

En medicina existe un concepto central: adherencia.

No se refiere solamente a si alguien toma o no una medicación.

También incluye la capacidad de comprender el tratamiento, sostenerlo, utilizarlo correctamente, registrar sus efectos y adaptarlo junto con los profesionales cuando es necesario.

Y las creencias del paciente influyen directamente sobre esa adherencia.

Si una persona piensa que tomar una medicación todos los días significa dependencia, probablemente se resista a sostenerla. Si cree que un psicofármaco necesariamente cambia la personalidad, puede interpretar cualquier cambio como una señal de alarma. Si considera que debería poder resolver todo únicamente con voluntad, puede vivir la indicación de tratamiento como una derrota personal.

Por eso no alcanza con indicar una medicación y decir «tomá esto».

También hay que explorar qué piensa el paciente sobre el tratamiento, qué teme, qué información recibió y qué significado tiene para él necesitar ayuda.

La medicación es una herramienta, no una categoría moral

En una evaluación clínica pueden considerarse distintas intervenciones: farmacológicas, psicoterapéuticas, psicoeducativas, conductuales, familiares, ambientales u organizacionales.

No son categorías morales. Son herramientas.

La medicación no es «buena» o «mala» en sí misma.

La pregunta es si está indicada para determinada persona, en determinado momento, con determinado objetivo y con una relación razonable entre beneficios y costos.

En el TDAH esto tiene especial importancia porque el problema no se limita a «prestar atención». Puede afectar la organización, la memoria de trabajo, la planificación, el inicio y continuidad de tareas, el manejo del tiempo, la regulación emocional, el estudio, el trabajo y los vínculos.

Por eso, antes de definir un tratamiento, necesitamos comprender el funcionamiento global de la persona.

¿Todavía no sabés si tus dificultades pueden estar relacionadas con TDAH?

Podés conocer las opciones disponibles en nuestros Tests Online de TDAH para adultos o realizar el TDA AutoTest Avanzado.

Tener indicación y estar preparado para empezar no son exactamente lo mismo

Otro punto importante es diferenciar la indicación clínica de la preparación subjetiva del paciente.

Una persona puede tener criterios clínicos para considerar un tratamiento farmacológico y, al mismo tiempo, no sentirse preparada para comenzar inmediatamente.

Son dos planos diferentes.

Por un lado están el diagnóstico, los síntomas, el impacto funcional, los riesgos y beneficios. Por otro lado están las creencias, los miedos, las experiencias previas, el contexto, la información disponible y la capacidad de registrar lo que ocurre durante el tratamiento.

Esto también forma parte de la implementación.

Algunas personas llegan preparadas para considerar medicación. Otras llegan con mucho miedo. Algunas necesitan primero entender mejor el diagnóstico. Otras necesitan revisar experiencias previas o información que recibieron de familiares, amigos, redes sociales o internet.

El objetivo no debería ser empujar a alguien a tomar una medicación.

El objetivo es ordenar la información para que pueda decidir mejor.

Dependencia, abstinencia y retorno de síntomas no son lo mismo

Una de las confusiones más frecuentes aparece cuando alguien pregunta:

«Si dejo la medicación y vuelven los síntomas, ¿significa que me hice dependiente?».

No necesariamente.

Es importante diferenciar tres conceptos.

Dependencia

La preocupación por «depender de una pastilla» suele aparecer mezclada con otros temores, especialmente con el miedo a una adicción o a no poder funcionar sin el medicamento.

Pero utilizar un tratamiento para controlar determinados síntomas no significa automáticamente que exista dependencia.

Síndrome de abstinencia

Un síndrome de abstinencia implica la aparición de problemas relacionados con la suspensión de una sustancia.

Es decir, aparecen síntomas nuevos asociados con haberla retirado.

Eso es diferente de que simplemente reaparezcan los síntomas que ya existían antes del tratamiento.

Retorno de los síntomas

Imaginemos una persona con hipertensión que toma una medicación y logra controlar su presión arterial.

Si suspende el tratamiento y la presión vuelve a aumentar, eso no demuestra que sea «adicta» a la medicación.

Significa que el tratamiento estaba controlando un problema que seguía presente.

Con el TDAH puede ocurrir algo similar.

Si una persona mejora su atención, organización, manejo del tiempo, memoria de trabajo, continuidad de tareas o impulsividad mientras utiliza una medicación, esos problemas pueden reaparecer al suspenderla.

Eso no es automáticamente un síndrome de abstinencia.

Por eso tampoco conviene responder de manera simplista a la pregunta «¿voy a tener que tomarla para siempre?».

La decisión depende del cuadro, de la evolución, del funcionamiento y de la evaluación clínica.

«Estoy metiendo algo en mi cuerpo todos los días»

Esta frase aparece mucho y muestra otra dimensión del problema: la percepción del riesgo.

No siempre tememos más a aquello que objetivamente tiene más riesgo.

Muchas veces tememos más a lo desconocido, a aquello que tiene una carga cultural determinada o a lo que asociamos con enfermedad.

La palabra «psicofármaco», por ejemplo, puede generar una reacción diferente que «analgésico», «antiinflamatorio» o «medicación para la presión».

Pero esa diferencia puede ser cultural y no necesariamente técnica.

La vida cotidiana también implica aceptar riesgos.

El objetivo no es eliminar completamente el riesgo, porque eso es imposible.

El objetivo es comparar riesgos, beneficios y alternativas.

Y dentro de esa comparación también debería incluirse una pregunta que muchas veces se omite: ¿Cuál es el costo de no tratar?

Internet puede informar, pero también puede aumentar el miedo

Buscar «Concerta efectos secundarios», «medicación TDAH riesgos» o «psicofármacos daño a largo plazo» puede devolver una enorme cantidad de información.

Parte puede ser útil. Parte puede ser confusa.

El problema aparece cuando no podemos discriminar la calidad de la fuente, la frecuencia del efecto, su gravedad, el contexto o la evidencia disponible.

Por eso, más que quedarnos con «lo dicen en internet», conviene preguntarnos:

¿Dónde está publicado? ¿Quién lo explica? ¿Tiene experiencia en el tema? ¿Está describiendo una experiencia individual o información clínica? ¿Cómo está contextualizando el riesgo?

Más información no siempre significa mejores decisiones.

La información mal filtrada puede aumentar el miedo y dificultar la adherencia.

También hay que mirar qué pasa con el funcionamiento

Una de las pacientes que expresaba preocupación por los posibles efectos de la medicación también podía reconocer algo concreto: mientras la tomaba, sentía que funcionaba mejor.

Podía realizar las cosas que tenía que hacer. Había mejorado algunos hábitos. Percibía cambios en su propio funcionamiento aunque su contexto familiar siguiera siendo el mismo.

Ese dato también debe formar parte de la evaluación.

El trabajo clínico no consiste en negar los temores. Consiste en ponerlos junto con la experiencia concreta.

¿Qué mejoró? ¿Qué no mejoró? ¿Qué costo tuvo? ¿Qué efectos aparecieron? ¿Qué riesgo es real? ¿Qué riesgo estamos imaginando? ¿Qué ocurre si continuamos? ¿Qué ocurre si suspendemos? ¿Qué ocurre si no tratamos?

Esta es una conversación mucho más útil que reducir todo a «medicación sí» o «medicación no».

Antes de hablar de medicación, necesitamos una buena evaluación

Tampoco hay que convertir la medicación en una respuesta automática.

Síntomas como problemas de atención, organización o funcionamiento pueden aparecer en distintos contextos.

Por eso es importante realizar una evaluación multinivel que permita entender síntomas, funcionamiento, historia, sueño, ánimo, contexto, estrategias, recursos, comorbilidades, objetivos y etapa vital.

Puede haber TDAH con diferentes niveles de impacto y diferentes respuestas al tratamiento.

También puede haber evaluaciones incompletas o dificultades atencionales relacionadas con otros factores.

La decisión terapéutica debería aparecer después de comprender ese cuadro general.

Podés ampliar este tema en nuestra Guía completa sobre diagnóstico de TDAH en adultos.

¿Buscás una evaluación más completa de tu funcionamiento?

Conocé nuestra Evaluación Híbrida de TDAH o las opciones de diagnóstico y tratamiento profesional.

El objetivo no es convencerte de tomar medicación

La idea central no es que toda persona con TDAH tenga que medicarse.

Tampoco que la medicación sea mágica o que reemplace el trabajo psicoterapéutico, conductual, familiar o contextual.

La idea es otra: evitar la medicación como principio no es un criterio técnico.

Puede ser una creencia.

Y las creencias que influyen sobre decisiones clínicas importantes necesitan poder revisarse.

Después de evaluar el cuadro, discutir riesgos y beneficios, considerar alternativas y comprender la situación del paciente, puede decidirse no comenzar un tratamiento farmacológico.

Esa es una decisión clínica.

Pero es diferente de rechazarlo automáticamente porque «los psicofármacos son malos», porque «te cambian la personalidad», porque «te volvés adicto», porque «deberías poder solo» o porque «la medicación solamente tapa el problema».

El costo de esos prejuicios puede ser importante: más años funcionando peor, mayor esfuerzo para realizar las mismas tareas, frustración o tratamientos incompletos.

Por eso, cuando alguien dice «soy antimedicación», no hace falta discutir.

Hace falta abrir esa frase.

¿Qué significa para vos? ¿A qué le tenés miedo? ¿Qué pensás que podría pasar? ¿De dónde viene esa idea? ¿Qué experiencia tuviste? ¿Qué leíste? ¿Quién te lo dijo?

Y, sobre todo, ¿estamos hablando de un dato clínico o de una creencia?

Porque decidir mejor no significa elegir siempre medicación.

Significa poder elegir el tratamiento que corresponda sin que la decisión esté gobernada por el miedo, el estigma o información mal procesada.

¿Querés evaluar si las dificultades que experimentás pueden estar relacionadas con TDAH?

Conocé las alternativas de INECAP:

También podés consultar nuestras Preguntas Frecuentes sobre TDAH en adultos o visitar el Blog de INECAP para seguir profundizando.

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